27 Feb. 2009
Observé mi rostro reflejado en la superficie trémula del agua del inodoro mientras me llevaba la mano a los labios. Abrí mi boca, tomé una bocanada de aire..., y metí mis dedos índice y corazón en su interior. Noté como se deslizaban garganta abajo, explorando el interior de mi cuello empapado de saliva y otros jugos; toqué algo, presioné. Una arcada, y mi cuerpo se convulsionó. Me incliné sobre el retrete, retiré los dedos, abrí la boca.
Agua, saliva.
Nada más.
Frustrada, metí de nuevo en mi boca los dedos de mi mano temblorosa y húmeda. Éstos volvieron a deslizarse garganta abajo, buscando otra vez el miembro clave que pondría fin a mi absurda complejidad física, aquel abismo a la que yo misma me había arrojado y del cual había emergido una cárcel, conmigo en su interior. Lo encontré, y volví a presionar. Esta vez hubo más arcadas: una, dos, tres. Mi cuerpo volvió a convulsionarse violentamente. Rodeé mi abdomen en un abrazo letal y presioné contra él, abrí la boca nuevamente.
Más agua.
Repetí la operación varias y continuadas veces, pero mi cuerpo parecía negarse a devolver cualquier resto de comida ingerida recientemente. Y el agua del inodoro seguía igual de límpida y transparente que cuando me encerré en el baño.
Salí de él con la rabia y la frustración contenidas en un puño; allá donde mirase cualquier parte de mi cuerpo se me antojaba excesiva y sebosa.
Mis manos humedecidas de saliva y otros jugos intestinales se apoyaron sobre la pila. Alcé mi rostro y me enfrenté contra la lastimosa imagen que el espejo me devolvía. Mis pupilas fueron presa fácil de la mirada de la chica que tenía enfrente de mí. Sus ojos, rojos y lagrimosos, me observaban con tristeza, irritación, impotencia. Mientras yo estudiaba su sudoroso rostro me preguntaba a mi misma suplicante y desesperada << ¿Por qué no vomito? ¿Por qué no soy capaz de hacerlo?>> Oí entonces una voz familiar, procedente de la joven que había reflejada en el espejo, que me decía:
-Porque tú no eres así.
22 Feb. 2009
Quiero creer que realmente soy todo aquello que pretendo ser, pero no es fácil. Uno no decide en que situación y condiciones nace; en ocasiones no puedo evitar creer en el destino y la fuerza con la que nos arrastra inevitablemente hacia delante, siempre hacia delante...
Una mezcla homogénea de virtudes y defectos, eso es lo que somos las personas. Homogénea porque a veces los defectos logran ocultarse, camuflarse entre nuestras virtudes, y viceversa. Es difícil distinguirlos a simple vista y hace falta considerable tiempo para apreciarlos con absoluta nitidez, y más si es la persona misma la que se evalúa. Pero, una vez localizados, podemos y hemos de corregirlos a tiempo antes de que éstos se acentúen.
Ja, ja. Qué hermoso suena a través de las palabras; mentalmente todos estamos preparados para cambiar, pero estar dispuesto con el corazón es otra cosa bien distinta. Ojalá la fuerza de voluntad se sobrepusiera al orgullo y la soberbia; rebajarnos a la humildad de mirar en nuestro interior y reconocer las mellas del alma no nos hace más débiles y sí más sabios. No perdemos nada intentando barrer el polvo que se va depositando sobre nuestra ánima desde que nacemos y procurando que quede pura y diáfana; en cambio sí podemos perderlo todo dejando que la polvareda cubra nuestra esencia: con el paso de los años nos damos alergia incluso a nosotros mismos. Claro que el problema quizá esté ahí. Todo este proceso que he empleado para describir metafóricamente nuestra propia expurgación requiere un gran esfuerzo por parte del que realiza esa limpieza interior, y he ahí el quid de la cuestión: que nosotros, los seres humanos, somos eternamente fieles a las leyes del mínimo esfuerzo.
Ufff, me gustaría conocer al que dijo que rectificar es de sabios. ¿Rectificaría él sus errores cometidos? ¿O es que una noche su musa le hizo sentirse poeta y le inspiró para enlazar correcta y hermosamente esas cuatro palabras?...
14 Feb. 2009
San Valentín, fecha que este año decide exhibirse en un sábado afrodisíaco –y nunca mejor dicho- y que intensifica ecos lejanos que nos acarrean a la memoria esas desventuradas y trágicas historias de amor calamitoso. Cómo olvidar la ardorosa pasión con la que se amaron Romeo Montesco y Julieta Capulleto y que acabó con dramático final; o el apego que se desarrolló entre Tristán e Isolda en plena época bélica. O el memorable Heathcliff en Cumbres borrascosas, que nos afirma aquello de “del amor al odio hay un solo paso”. Sí, historias románticas que dejaron una huella insondable y que hoy, catorce de febrero, cobran vida –figuradamente-.
Hoy he salido a pasear con mi madre por el parque del río (¡por fin he podido hacer el recorrido que yo tanto quería andando!). Ni ella ni mi padre han celebrado San Valentín. En este día tan significativo para muchos en el cual solo hay sitio para “tú y yo” no ha habido dulces en forma de corazón, ni ramos de flores, ni nada por el estilo. Veía pasar constantemente por mi lado parejas de jóvenes que salían a correr juntos; ancianos cuyas manos rugosas iban entrelazadas con un amor todavía vigente, a pesar de los años transcurridos; niños que corrían y jugaban mientras sus padres caminaban por detrás de ellos abrazados con melosidad; e incluso alguna pareja de homosexuales; y se me hacía muy extraño no ver entre todas esas personas a mis padres incluidos. ¿Es que no podéis sepultar en el olvido todas las discusiones de los últimos días y mantener una relación afectuosa durante al menos estas veinticuatro horas tan intrínsecas? Realmente no lo entiendo. Creéis que sólo os hacéis daño a vosotros mismos, pero os equivocáis: me estáis dañando también a mí. Veo como se va escindiendo ese corazón todavía latente entre vosotros dos, y la única acción posible por mi parte que está en mis manos es apartar la vista. Pero no puedo, ¿sabéis? Me es irrealizable, porque os tengo siempre ahí: sois la causa de mi existencia, y mi existencia es consecuencia de vuestro amor. Así que, por favor, os lo pido…, si aún queda algún sentimiento de valor entre vosotros, impidáis que esto muera…
11 Feb. 2009
Recuerdo con nitidez lo que una amiga –una gran amiga- me dijo un día no especialmente bueno: -La mejor amiga que jamás tendrás es tu hermana. Hoy cavilo y rememoro situaciones en las que aquello se confirma y me pregunto hasta qué punto es eso cierto.
Hermana de sangre… Si me forzaras a recordar y enumerarte los momentos en los que he sido ingrata, maleducada, mezquina, brusca, irrespetuosa, egoísta y una plétora inacabable de adjetivos negativos contigo…, ¡creo que habría perdido la cuenta! Verás, tengo la certeza que eso de que la confianza da asco se cumple. A veces, cuando pasas mucho tiempo con una persona –y me refiero a verla todas las mañanas cuando te levantas, a convivir con ella en la habitación y compartir la estancia, a estar sentada junto a ella a la hora de la comida, es decir, en cada uno de los pequeños hábitos rutinarios de casa; es lo que tiene ser familia numerosa-, llegas a acostumbrarte tanto a ella que te repugna. Fue lo que me ocurrió, y lo peor de todo es que yo lo sabía y no hacía nada por cambiar mi comportamiento. Te pido disculpas por esos momentos de enfado y tensión que tuviste que soportar mayoritariamente por mi causa.
Hoy hice lo que creía que jamás haría a no ser que fuera por una causa justificada y razonable: falté a dos clases voluntariamente y sin motivo alguno. Me sentía culpable –como de costumbre- por una discusión que había habido dentro de nuestro cuarteto. No me miréis así, por favor, esporádicamente suelo asumir las culpas por sentirme responsable, aunque muchas veces no sea así –según mis fuentes más allegadas-. Así que me encerré en los baños y mis lágrimas brotaron entre hedores pestilentes y álgidas brisas de aire que me ponían la piel de gallina, y como consecuencia de este curioso fenómeno dermatológico, el vello se me ponía de punta. Mané muchas lágrimas y me golpeaba la cabeza contra el alicatado blanco de la pared, con el interrogante constante sobre mí de << ¿Cómo puedo ser tan horrible y miserable?>>
Transcurrieron paulatinamente dos horas, y yo tenía el cuerpo entumecido a causa del frío y de permanecer acurrucada en un ovillo. Todo mi material escolar se hallaba en el aula y debía recogerlo, así que decidí que ya era hora de emerger de aquel abismo negro. Fue entonces cuando, mientras mi mano se deslizaba hacia el pomo de la cabina, escuché una voz dulce y entusiasmada que me era familiar, terriblemente familiar. Abrí la puerta del baño en el que me hallaba y me refugié en los brazos de mi hermana, que no me rechazó ni nada por el estilo, todo lo contrario: me devolvió el abrazo y me susurró con su característica serenidad y paciencia que qué ocurría, que se lo cuente todo y que me tranquilice. Cuando le expliqué la situación delicada con las amigas en la que me encontraba envuelta, me dirigió una mirada dura y severa y me dijo firmemente:
-Soy la que mejor te conoce y no eres una mala persona en ninguno de los aspectos que me has mencionado. Tienes tu carácter y tu forma de ser, pero eres maravillosa tal cual.
Hoy he comprendido que estoy endeudada contigo eternamente simplemente por el sencillo hecho de que eres mi insustituible hermana, pero no ha sido hasta hoy mismo cuando me he dado cuenta de ello; la venda que cubría mis ojos por fin ha caído gracias a este día en el que me has hecho sentir orgullosa de tenerte.
08 Feb. 2009
Este efímero fin de semana –al igual que todos los anteriores- me ha servido de mucha ayuda para llegar a la conclusión que a continuación procederé a describir con mucho gusto; qué queréis que os diga, me deleito escribiendo. El caso es que, tras una noche de insomnio y varios quebraderos de cabeza –menuda novedad, ja, ja, eso es muy corriente en mí-, he comprendido que no soy quien para reprochar o recriminar a otros sus errores. Yo debería de ser la primera en ser sermoneada, ¡pues tengo tanto que corregir!... Estos días me he dado cuenta de que no puedo seguir enojándome por estúpidas paranoias o caprichos, porque últimamente estoy enfrentada con todas las personas constituyentes de mi entorno. ¿Por qué, por qué todo cuanto orbita a mi alrededor está en contra de mí? O mejor cuestionado: ¿por qué yo estoy en contra de todo cuanto orbita a mi alrededor? El fallo, el defecto de fábrica, debía de estar en mí, pensaba incesablemente. Y así era. Así es. No puedo seguir con esta farsa, porque la primera en ser engañada estoy siendo yo. Y sí, sé que todo esto suena muy bonito, incluso seguro que algunos estáis pensando que este arrepentimiento es simulado -y quizá lo sea, ¿por qué no? ¿Es que alguien llega a conocerse a sí mismo alguna vez?-, pero yo soy la más interesada en la lista de candidatos dispuestos a convertir estas palabras en actos.
Uff..., normalidad. Tan fácil de ser pronunciado el término, tan difícil de realizar con…, ¿normalidad? Ja, ja. La vida en sí es una paradoja que se contradice continuamente. En fin, no voy a extenderme mucho, que tras unos artículos tan aparentemente interminables me permito el redactar tan conciso texto. Simplemente decir que yo espero rectificar este comportamiento tan mezquino y roñoso que he tenido estos días, y que vosotros/as miréis también dentro de vuestro ser y seáis honrados y humildes como lo están siendo mis pensamientos que se manifiestan en palabras en este mismo instante.
03/03/2009 @ 19:46:36
por Brujilla!
Uf, es un mundo represivo y ...
28/02/2009 @ 12:49:31
por Brujilla!
yo nunca he vomitado metiéndome los ...
27/02/2009 @ 23:05:28
por carol
que razón tienes.el problema es cuando ...
22/02/2009 @ 18:00:32
por carol
hola holita ya he vuelto a guardar ...
21/02/2009 @ 22:39:00
por carol